Todos conocemos a Fatuito. Gran comunicador, elegante en su oratoria, de pluma afilada e incisiva verborrea. Así que os lo imagináis sentado en su silla, frente al ordenador, con sus “gafapasta” del tamaño de dos puños, al lado un par de enciclopedias en el rol de pisapapeles, tan sólo saltándose este ritual somnífero para tomarse el té de las cinco. ¡Venga ya! CREÉIS conocer a Fatuito. Agarraos a vuestros asientos, porque ahí donde lo veis, Fatuito es… ¡un superhéroe!
No. Ni usa calzones, ni mallas, ni cualquier otra clase de prenda de sexualidad ambigua. Fatuito es… ¡un CAZACENTOLLOS! Damas, caballeros, este inefable adalid del virtuosismo maño es, ni más ni menos, que la mano vengadora del Real Zaragoza. Os narraré en pocas líneas su trayectoria como justiciero, desde sus inicios hasta nuestros días.
Todo empezó aquella mañana en que Fatuito se despertó con ganas de zamparse unas buenas tapas, y remojarlas con unos chatos (las chatas eran más para la noche, cuando las abordaba en los locales de moda). Se dirigió al bar de la esquina, donde su amigo Eutemio, el camarero, de recia estampa, y mayor parsimonia que un koala, le sirvió un pincho de tortilla con algo de salchichón y queso. Pero Fatuito no quería comer. Quería devorar. En esto que vio, sobre una bandeja al fondo de la barra, un gracioso crustáceo del grosor de un Falete que parecía castañetear sus pinzas por soleares. ¡Qué delicia! Nuestro campeón no dudó en pedírselo de aperitivo. Eutemio se lo sirvió en su salsa de ajos verdes. Fatuito, primeramente, lo devoró con los ojos, y en segunda instancia se dispuso a partirlo de un inmisericorde bocado cuando… ¡Aaaay! Una de las pinzas le había enganchado una oreja, retorciéndosela dolorosamente. Cuando consiguió liberarla, su lobulillo, enrojecido hasta arder, se hinchó del mismo modo que su amado “Pepito” durante la noche de los viernes, la cual entregaba de manera sacra a la contemplación de su cine favorito. Rápidamente regresó a casa, no sin antes engullir aquel demonio con coraza, del cual ni ésta dejó.
Al calor del hogar, Fatuito decidió darse un garbeo por el Rincón Zaragocista, de paso haría rabiar un poco a Crimson. Era tan fácil… sólo tenía que recordarle la clasificación del Zaragoza, y la juerga que hubo en la manifestación contra Agapito, y que Crimson obvió, porque pretendía organizar otra por su cuenta, en su casa, y sólo con amigas. Se encontraba ya en la web, preparado para chatear cuando… ¿qué sucedía? No podía escribir con normalidad, su mano estaba agarrotada. De hecho, sus dos manos habían adquirido la forma de… ¡dos pinzas! ¡Era horrible! Fatuito, licenciado cum laude en Ciencias de la Vida, sabía que ese centollo había alterado en forma alguna su ADN, y que se estaba convirtiendo en ese pequeño monstruito. Licenciado por su padre en las playas de Salou, sabía exactamente cómo sería la transformación: efectivamente, en primer lugar aparecieron pinchos de un grosor considerable por todo su cuerpo… ah, no, no, eso era porque prefería el afeitado a la depilación, entonces… su cuerpo adquiriría una tonalidad más oscura, tirando a gris… ¡sí!, ¡estaba ocurriendo!... espera, espera, era mugre, tanto trabajo no deja tiempo para una ducha semanal. ¿Sólo eso? Qué desilusión. Un momento… ¡le había crecido otra extremidad! Tampoco, recórcholis. Era Pepito, que se había puesto tontorrón. Pensaba ya Fatuito que tan sólo había recibido ese poder, y algo tan cutre nada más le serviría que para abrir los botellines de cerveza a amigotes, aparte de tener que cuidar en extremo el manejo de cosas más sensibles al tacto, como pudiera ser el pan de oro. Pero estaba equivocado.
Fatuito pronto se dio cuenta de su error. Ya en la calle, un poderoso olor estimuló su pituitaria. Creyó reconocer el inconfundible aroma de un centollo. Olfateó el rastro, cual perro sabueso, pero justo en el punto del cual parecía provenir no había más que un muchacho. Esto le extrañó mucho, pero decidió probar una cosa:
- Perdona, chico, ¿te gusta el fútbol? – le preguntó Fatuito.
- ¿Por qué no me habría de gustar? – respondió el antedicho.
No cabía duda: era gallego. Además, tenía acento. Fatuito prosiguió con su intuición:
- A ti te gusta el Deportivo de la Coruña, ¿verdad? Y eres fan de su presidente.
- ¡Cómo lo sabes! Me llamo Justo – se presentó- , Justicoman, me llaman otros. En realidad, ya no soy del Dépor. Ahora me gusta el Real Zaragoza. Gracias al señor Crimson, al que conocí en un foro, vi la luz, y me vine a vivir aquí.
Renegados o no, Fatuito podía detectar a los centollos, criaturas malvadas que se alejaban del noble sentimiento deportivista, y aclamaban y adulaban a su presidente: el Sapo Verde. De éste omitiremos el nombre completo, puesto que denunciaría al Rincón, y Algován no podría afrontar un juicio; está ahorrando para la camiseta de Djumovic. Crimson menos, no le paga a CelticG, como para pagar al Sapote. Y así transcurriría a partir de ahora la vida de Fatuito, luchando contra el Sapo Verde, el cual no iba montado en ningún aparato, a ver qué trasto elevaba a éste, lo escacharraba. También combatiría a los peores aliados del Sapo Verde: sus abogados. Y a Foklov, alias Veneno, ser indecente más malo que un kebab caducado que sólo escupía ponzoña de víbora en cada una de sus palabras contra el Real Zaragoza. Y otro era Arena de Riazor, claro que éste no le daba muchos quebraderos, pues sólo se manifestaba cerca del estadio de Riazor, y cuando no llovía. Si queréis seguir sus aventuras, sabed que las publica una empresa americana llamada Marvel, que tiene en nómina a otro payaso que trepa paredes, nada que ver con nuestro héroe. También Crimson os puede proporcionar la publicación. A una módica estafa.
Proseguiré con la historia de un centauro: mitad navarro, mitad aragonés… nuestro querido MANTXU.
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